sábado, 24 de octubre de 2026

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Ángel Guinda (Zaragoza, 1948)

Profesor de Lengua y Literatura Española, traductor, editor, escritor y poeta.
Entre sus obras, ‘La llegada del mal’, ‘Biografía de la muerte’, ‘Claro interior’, ¿Materia del amor’ y ‘El peligro de vivir de nuevo’.


Un hombre feliz

Fue feliz compartiendo
los cantos y las risas,
la pobreza, el dolor.
Retozando en la escarcha,
comiendo y bien bebiendo.
Alegre a pleno sol,
solo en el descampado
o entre la muchedumbre.
Fue feliz de estar vivo
y afrontar las desgracias
ajenas como propias,
sereno o agitado;
liviano haciendo el muerto
sobre la piel del mar.
Fue feliz desterrado
de la realidad.
Feliz bajo la noche
coronada de lámparas,
en batallas de amor
que hacen temblar las sábanas.
Fue feliz derribando
murallones de lágrimas,
hablando con los astros,
escuchando a la muerte.
No descarta
ser feliz bajo tierra
mientras sigue la vida.


Resultado de imagen de Asunción Delgado poetisaAsunción Delgado (Ceclavín, Cáceres, 1919 – Badajoz, 2007

Escritora y poeta. 
Entre sus obras, “Agua de abril”, “Castillo rojo”, El viñador del alba” y “Sonatas a Exremadura”.
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El viñador del alba

El viñador del alba,
vendimiador del cielo,
exprime sobre el mundo
racimos de luceros.

En las negras artesas
pisa pulpas de sueños
y trasiegan rocío
las copas de los cedros.
Y el mosto se derrama.
Los pájaros, sedientos,
-  ¡alegría, alegría!
 gritan en los aleros.

Se va entreabriendo el día
como un capullo inmenso
y el sol pega aldabadas
de luz en mi cerebro:

- ¡Despierta, Segismundo,
que es mentira tu reino!

Asunción Delgado




Ignacio de Luzán (Zaragoza, 1702 – Madrid, 1754)

Su nombre completo: Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea. Fue un escritor crítico español y poeta. Entre sus obras: ‘La virtud coronada’, ‘El sueño del buen gusto’, ‘A la conquista de Orán’, ‘El juicio de París, ‘Leandro y Hero’ y ‘La Giganteida’.

Leandro y Hero

Musa, tú que conoces

los yerros, los delirios,

los bienes y los males

de los amante finos,

dime quién fue Leandro,

qué dios o qué maligno

astro en las fieras ondas

cortó a su vida el hilo.

Leandro, a quien mil veces

los duros ejercicios

del estadio ciñeron

de rosas y de mirtos

ya en la robusta lucha,

ya con el fuerte disco,

ya corriendo o nadando

diestro, gallardo, invicto,

amaba a Hero divina,

bellísimo prodigio

sobre cuantas bellezas

Sesto admiró y Abido.

Negro el cabello, ufano

de naturales rizos,

realzaba del cuello

los cándidos arminños...

Vióla Leandro un día

en los cultos festivos

que a Venius tributaban

de Sesto los vecinos.

(Que era sacerdotisa

del templo y sacrificio,

y aun emilaba en todo

al sacro numen ciprio.)

Vióla el gran concurso

de los solemnes ritos

brillar, único asombro:

vióla y quedó perdido.

Y a la deidad del templo,

con el nuevo, excesivo

ardor que le abrasaba,

frenético le dijo:

 

‘Gran diosa de Citera,

de Pafos y de Gnido,

esta mortal belleza

es tu traslado vivo.

Perdona, pues, si a ella

tus mismos cultos rindo

y si un traslado adoro

equívoco contigo’.

Oyó Venus sus voces,

oyólas el dios niño,

y decretaron ambos

venganzas y castigos.

¿Tanto el enojo puede

en ánimos divinos?

¿Un lenguaje del alma

ha de ser un delito?

Dígame el que conozca

a Veus y a Cupido

si es más cruel la madre

o es más cruel el hijo.

 

Qt¡ué sé yo: cruel la madre,

cruel y vengativo

es el hijo que ejerce

tiránicos caprichos.

Miró tierno Leandro,

habló amante, instó fino,

ya mudo, ya elocuente,

con ojos y suspiros.

Oyóle Hero con pecho

ya tímido, ya esquivo,

mas poco a poco un fuego

la entró por los sentidos:

Un fuego que es veneno,

un fuego que es martirio;

 si es martirio y veneno

¿Cómo es apetecido?

De una torre en la playa

el murado recinto

de esta sacerdotisa

era albergue y retiro.

Allí, cautos, sus padres

del concurso y bullicio

este bello tesoro

guardaban escondido.

Mas contra amor, ¿qué muro

será seguro asilo

si todo lo penetran

sus vencedores tiros?

Leandro enamorado,

resuelto y atrevido,

los rellanos allana,

desprecia los peligros.

Pasar nadando ofrece

del uno al otro sitio,

prometiendo himeneos

nocturnos y furtivos...

El joven en la playa,

arrojando el vestido,

a las ondas entrega

con intrépido brío,

y alternando de brazos

y pies el ejercicio,

ágil y diestro rompe

el ímpetu  marino...

Fuese el favor del numen

o fuese el  norte fijo

del farol, que ya cerca

vio arder con grato auspicio,

o fuese amor, que suele

con prósperos principios

atraer los amantes

a infaustos precipicios.

Cobrando nuevo aliento

a esfuerzos repetidos,

afierra de la arena

el suelo movedizo.

Allí a guardarle sola

su fina esposa vino,

y al verle tiembla toda

de susto y regocijo 

‘Ven, esposo -le dice-,

llega a los brazos míos;

para exponerte tanto

¿cómo ha de haber motivo?

Amor venció tan duro

insólito camino.

¿Cómo vienes? ¡Qué numen

tu conductor ha sido?

Así diciendo, enjuga

los restos del rocío

salobre que del cuerpo

corrían hilo a hilo,

Y a la torre le guía,

aliviando el prolijo

afán con oficiosos

brazos entretejidos.

Entretanto Himeneo,

volando en torno, el vivo

sagrado fuego enciende

de sus nupciales pinos-

Pero antes que saliese

el astro matutino,

ya volvía Leandro

a su confín nativo.

Así todas las noches

por el silencio amigo

iba nadando a Sesto,

centro de sus cariños...

En fin, salió una aurora

con ceño y desaliño;

siguióse triste día

en tenebroso Olimpo.

La noche añadió horrores,

y para más cumplidos

dio licencia a los vientos

Éolo, su caudillo...

Leandro en tanto, triste,

anhelaba ver tranquilo

el mar, y ya calmados

los vientos enemigos.

Pero al fin, impaciente,

cediendo a su destino,

fuese a la playa, y de esta

manera habló consigo:

‘Corazón, ¿qué te espanta?

¿Qué importará que, tibios,

huyamos de una muerte

si de otra morimos?

Dijo, y de su arrestado

amante desvarío

impelido, se arroja

al mar embravecido.

Y a pesar de su furia

contra los torbellinos

lucha con fuerte brazo

por no poco distrito.

Pero ya se redoblan

del Aquilón los silbos,

levanta el mar sus olas,

aumenta sus bramidos.

¡Ay, mísero Leandro,

ya con dolor te miro

contiguo a las estrellas

y al Tártaro contiguo!

Agotadas las fuerzas,

Sin aliento, sin tino,

y del farol amado

el claro norte extinto,

viendo por todas partes

presente a los sentidos

de la pálida muerte

el bárbaro cuchillo,

a las ondas se vuelve

trémulo y semivivo,

hallar piedad pensando

donde nunca la ha habido:

‘Ondas, si darme muerte

es decreto preciso,

no a la ida, a la vuelta

matadme a vuestro arbitrio’.

Las crueles ondas niegan

al ruego oídos

y le sepultan dentro

de su profundo abismo.

Entonces, exhalando

el último suspiro,

tres veces a Hero llama

con lamentable grito...

Asunción Delgado (Ceclavín, Cáceres, 1919 – Badajoz, 2007)

Escritora y poeta.
Entre sus obras, “Agua de abril”, “Castillo rojo”, El viñador del alba” y “Sonatas a Extremadura”.


El viñador del alba

El viñador del alba,
vendimiador del cielo,
exprime sobre el mundo
racimos de luceros.

En las negras artesas
pisa pulpas de sueños
y trasiegan rocío
las copas de los cedros.
Y el mosto se derrama.
Los pájaros, sedientos,
-¡alegría, alegría!
gritan en los aleros.

Se va entreabriendo el día
como un capullo inmenso
y el sol pega aldabadas
de luz en mi cerebro:

-¡Despierta, Segismundo,
que es mentira tu reino!
Asunción Delgado


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