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martes, 2 de abril de 2019


Ítaca

¿Y quién alguna vez no estuvo en îtaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido da la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento cumplir
su hermoso oficio; luego,
 vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.

Francisca Aguirre

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domingo, 6 de diciembre de 2015


Francisca Aguirre (Alicante, 1930)

Poeta casada con el poeta Félix Grande y madre de la poeta Guadalupe Grande.
Entre sus premios, el “Leopoldo Panero”, el “Nacional de Poesía”, el “Miguel Hernández”, el “Ciudad de Irún” y el “Alfons el Magnànim.”
Entre sus obras, “Ítaca”, “Historia de una anatomía”, “Los trescientos escalones”, “La otra música”, “Pavana del desasosiego” y “Nanas para dormir desperdicios.”

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Testigo de excepción

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río. Un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hable de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
Yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.


Francisca Aguirre

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