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miércoles, 21 de agosto de 2024

Alberto Chimal (Toluca, México, 1970)

Ingeniero de Sistemas Computacionales, maestro en Literatura Comparada, profesor y escritor.

Ganador entre otros, del premio Becarios y del Premio Nacional del Cuento.

Destaca sobre todo como cuentista, uniendo magistralmente el mundo mítico con el real.

Entre sus obras, “El rey bajo el árbol florido”, “El ejército de la Luna”, “El país de los hablistas” y “El secreto de Gorco” (teatro).

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El Juego más Antiguo

Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.

La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.

Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.

Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz...

Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico...

Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.

Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.

Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.

Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.

 

Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.

Y entonces se vieron.

Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.

Imagen:https://www.blogger.com

domingo, 14 de julio de 2024

Alberto Chimal (Toluca, México, 1970)

Ingeniero de Sistemas Computacionales, maestro en Literatura Comparada, profesor y escritor.

Ganador entre otros, del premio Becarios y del Premio Nacional del Cuento.

Destaca sobre todo como cuentista, uniendo magistralmente el mundo mítico con el real.

Entre sus obras, “El rey bajo el árbol florido”, “El ejército de la Luna”, “El país de los hablistas” y “El secreto de Gorco” (teatro).

Madre Ballena y el Pescador

-Madre Ballena, Madre Ballena, ¿a mi destino me llevas? -esto dijo el pescador. Lo había dicho varias veces desde que la señora, gruesa y cana, con la que se encontrara en su huida a la orilla del mar, habíase metamorfoseado en ballena gris y, con su voz profunda, habíalo invitado a subir a su lomo, para cruzar el mar.

Y la Madre Ballena, entre el retumbo de la espuma: -Que sí -le dijo-, y esto has de recordar: cuando arribemos a donde arribaremos, y estés ante las doncellas que se bañan en las olas mansas de esa playa nueva, debes acercarte no a la más bonita, ni a la que adorne su cabello con las conchas marinas más blancas, sino a la que tenga rostro feo y algas en pelo. No querrá hablarte, pero tú la harás reír con ese canto chusco que ofendió al rey. Luego se casarán. Entonces ella querrá que viajen al interior, y que trabajes la tierra, pero tú dirás que no, y serás lo que eres, pescador de redes y de barca. Y siete hijos tendrán. Entonces no al primero, no al segundo, no al tercero cuarto quinto sexto sino al séptimo, el más pequeño, que nacerá con una pierna más corta que la otra, a ése del que sus hermanos se burlarán y a ti te dará pena, le darás la piedra negra que yo te he regalado, porque el día en que él cumpla siete años llegarán los esbirros del rey, quien todavía creerá que lo ofendiste, a buscarte y hacerte pagar. Ellos entrarán en tu choza y caerán sobre ti, y sobre tu mujer y tus seis hijos primeros, y sólo el último logrará escapar, porque con su piernita coja provocará la risa y la piedad de su verdugo. Y el verdugo lo dejará esconderse, y él tendrá que esperar a que los esbirros quemen la casa, y destruyan las redes de su padre y las cazuelas de su madre y los anzuelos de todos sus hermanos, para salir de su escondite, llorar su pena, enterrar los restos. Y tú para entonces ya le habrás dicho, recuerda, que en la hora de mayor necesidad habrá de usar la piedra, ponerla contra su corazón y decir "Madre Ballena, Madre Ballena, ¿me quitarás mi pena?". Y cuando él arroje la piedra en la fosa por él excavada, yo acudiré, y con el agua mansa del fondo del mar lavaré la muerte de los cuerpos enterrados y los haré despertar, para que vivan aún muchos años de alegría. Y así tu séptimo hijo será el más querido, y nadie volverá a reírse de su defecto, que salvó tantas vidas.

»Pero ya vamos llegando, ya se ve la costa. Prepárate y no olvides nada de lo que te he dicho, oh pequeño mío, que la Madre Ballena es bondadosa y tu destino largo, y dificultoso, pero feliz al fin.

Llegaron a la costa, bajó el pescador del lomo de la Madre Ballena, la oyó despedirse y la vio marcharse. Dio la espalda al mar, miró hacia un lado, y vio a una docena de muchachas que se bañaban muy cerca de él. Todas, salvo una, eran hermosas y tenían conchas marinas en su pelo. Y el pescador, de pronto, se sintió preso en las palabras de la Madre Ballena, que habían trazado su camino futuro. Y pensó en los seres que pueblan las historias, y que forzados por ellas van, sin poder opinar ni resistirse, a la vida y a la muerte. Y se sintió de pie en la palma de una mano inmensa, que lo tomaba y no lo soltaría sino en la última palabra.

Alberto Chimal

Imágenes:https://www.blogger.com/