miércoles, 6 de junio de 2018


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José Esteban Echeverría (Buenos aires, 1805 – Montevideo, Uruguay, 1851)

Estudiante de Ciencias Políticas, Economía, Filosofía, Literatura, escritor y poeta. Fue el introductor del modernismo en Argentina.

Entre sus obras, “El vira o la novia del Plata”,  “Dogma socialista”, “El Ángel caído”, “La cautiva”, “El matadero” y “Los consuelos.”


La diamela

Dióme un día una bella porteña,
que en mi senda pusiera el destino,
una flor cuyo aroma divino
llena el alma de dulce embriaguez,
me la dio con sonrisa halagüeña,
matizada de puros sonrojos
y bajando hechicera los ojos,
incapaces de engaño y doblez.

En silencio y absorto toméla
como don misterioso del cielo,
que algún ángel de amor y consuelo
me viniese, durmiendo, a ofrecer;
en mi seno inflamado guardéla,
con el suyo mezclando mi aliento,
y un hechizo amoroso al momento
yo sentí por mis venas correr.

Desde entonces, do quiera que miro
allí está la diamela olorosa,
y a su lado una imagen hermosa
cuya frente respira candor;
desde entonces por ella suspiro,
rindo el pecho inconstante a su halago,
con su aroma inefable me embriago,
a ella sola consagro mi amor.

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El aroma

Flor dorada que entre espinas
tienes trono misterioso,
¡cuánto sueño delicioso
tú me inspiras a la vez!
En ti veo yo la imagen
de la hermosa que me hechiza,
y mi afecto tiraniza,
con halago y esquivez.

El espíritu oloroso
con que llenas el ambiente,
me penetra suavemente
como el fuego del amor;
y rendido a los encantos
de amoroso devaneo,
un instante apurar creo
de sus labios el dulzor.

Si te pone ella en su seno,
que a las flores nunca esquiva,
o te mezcla pensativa
con el cándido azahar;
tu fragancia llega al alma
como bálsamo divino,
y yo entonces me imagino
ser dichoso con amar.

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miércoles, 30 de mayo de 2018


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José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962)
Escritor novelista y poeta encuadrado en la llamada “Generación 21”.
Entre sus obras, “Un tango con la muerte”, “Muerte de un violinista”, “Nuestra Señora de la Luna” y “Mientras seamos jóvenes”.


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Sé que existo

Sé que existo
oigo mis pasos lacios calle arriba
donde habita una plaza con seis bancos
veo la punta de mi zapato negro
pateando una chapa de cerveza
que me encontré en puerta de aquel bar
adonde entré a olvidarte
sé que existo
sin duda los cristales
me devuelven a un tipo con mi aspecto
sólo que algo más viejo
que arrastra pies y alma cuando
anda y que lleva las manos solas en los bolsillos
existo
porque el vaho de mi alientó
lanza un murmullo gris y melancólico
que se pierde en la tarde de noviembre
esisto
porque llevo un dolor
en el costado
al lado
justo al lado
de tu fotografía…

José Luis Correa

miércoles, 23 de mayo de 2018


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Encarnación Ferré (Monzón. Huesca, 1944)


Maestra, Licenciada en Filosofía y Letras, Doctora en Psicología, Master en Medicina Naturista, escritora y poetisa.

Entre sus obras, “Hierro en Barras”, “Memorias de una loca”, “Hijos de la arena” y “Cartas del desamor.”

Entre sus premios, el Primer Premio de Teatro del Ministerio de 
Educación y Ciencia y el Premio Internacional Goralski, Canadá.

De una madre que acaba de tener un hijo

¡Oh Dios de amor y Dios naturaleza!
¡Oh Dios justísimo pero nunca cruel!
Inmenso como el mar para los hombres.
¡Oh miel, almíbar y consuelo!
¡Oh magnánimo dueño de seres y de coas!

En tu ara y tu mano sacrosanta
deposito este fruto de mis días.
A tu rincón calmado hago llegar
como paloma nueva
el diminuto ser que habitó mis entrañas.

Tan frágil como soy
y tan absurdamente como tiende a engreírse el humano,
preciso comprender
que ni el hijo ni yo seríamos nacidos
si no lo hubieses Tú dispuesto en un principio.
Que he sido el instrumento
para hacer florecer tan dulce esqueje de mi arisco rosal
y que, siendo herramienta
del genial artesano que tu eres,
por el engreimiento no me deje morder.

La vida de mi hijo es sólo tuya
y en tus manos la dejo para siempre.
Pero, pues que soy madre
y a las madres nos diste tan fuertes sentimientos,
déjame suplicarte que lo incluyas entre tus elegidos.

Ahuyenta los abrojos del sendero que tendrá que pisar.
Que no le venza el mal ni triunfen sobre é sus enemigos.
Dale recto juicio y caridad y fe
y una fuerte esperanza en el mundo invisible y venidero.
Pero en éste en que viva sus materiales días,
protégelo constante y complaciente.
Te lo ruego con fuerza. Te lo encomiendo eterno.

Y a mí ilumíname para que acierte a amarlo y guardarlo
igual que hizo tu Madre
cuando naciste Niño por nosotros. Amén.


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El pueblo vacío

Se quedó vacío el pueblo,
todos le han dado la espalda
y en las calles ya no hay niños
corriendo tras de las vacas.
¿Dónde están aquellas viejas
 que jugaban a las cartas,
cuando da el sol en la torre
a las puertas de sus casas?
Jamás olerán a pino,
a membrillo y a manzana,
ya  no se secan dormidas
sobre la hierba mojada.

Se quedó vacío el pueblo,
todos le han dado la espalda,
se han marchado a la ciudad,
también los pueblos fracasan.
El herrero se marchó,
con agua apagó la fragua;
yo sé que en su alma queda
un fuego que no se apaga.

Pero ¿qué mi importa a mí
que te borraran del mapa?
Tú siempre serás mi pueblo
y mi pueblo no fracasa
mientras yo guarde dormidos
los recuerdos de mi infancia.


Encarnación Farré

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viernes, 18 de mayo de 2018


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Dolores Veintimilla de Galindo (Quito, 1830 – Cuenca, 1857)


Narradora y poetisa. El fracaso de su matrimonio, su enfrentamiento con la Iglesia por oponerse a la pena de muerte y las difamaciones de las que fue objeto, le condujeron al suicidio cuando apenas contaba 27 años.

Entre sus obres poéticas, “La noche y mi dolor”, Quejas”, “Desencanto”, Sufrimiento” y “Anhelo”. En Prosa, “Fantasía” y “Recuerdos.”

A mis enemigos

¿Qué os hice yo, mujer desventurada,
que en mi rostro, traidores, escupís
de la infame calumnia la ponzoña
y así matáis a mi alma juvenil?

¿Qué sombra os puede hacer una insensata
que arroja de los vientos al confín
los lamentos de su alma atribulada
y el llanto de sus ojos? ¡ay de mí!

¿Envidiáis, envidiáis que sus aromas
le dé a las brisas mansas el jazmín?
¿Envidiáis que los pájaros entonen
sus himnos cuando el sol viene a lucir?

¡No! ¡no os burláis de mí sino del cielo,
que al hacerme tan triste e infeliz,
me dio para endulzar mi desventura
de ardiente inspiración rayo gentil!

¿Por qué, por qué queréis que yo sofoque
lo que en mi pensamiento osa vivir?
Por qué matáis para la dicha mi alma?
¿Por qué ¡cobardes! a traición me herís?

No dan respeto la mujer, la esposa,
La madre amante a vuestra lengua vil...
Me marcáis con el sello de la impura...
¡Ay! nada! nada! respetáis en mí!

Dolores Veintimilla

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¡Quejas!

¡Y amarle pude! ... Al sol de la existencia
se abría apenas soñadora el alma ...
Perdió mi pobre corazón su calma
desde el fatal instante en que le hallé.

Sus palabras sonaron en mi oído
como música blanda y deliciosa;
subió a mi rostro el tinte de la rosa;
como la hoja en el árbol vacilé.
Su imagen en el sueño me acosaba
siempre halagüeña, siempre enamorada;
mil veces sorprendiste, madre amada,
en mi boca un suspiro abrasador;
y era él quien lo arrancaba de mi pecho,
él, la fascinación de mis sentidos;
él, ideal de mis sueños más queridos,
él, mi primero, mi ferviente amor.

Sin él, para mí, el campo placentero
en vez de flores me obsequiaba abrojos;
sin él eran sombríos a mis ojos
del sol los rayos en el mes de Abril.
Vivía de su vida aprisionada;
era el centro de mi alma el amor suyo,
era mi aspiración, era mi orgullo ...
¿por qué tan presto me olvidaba el vil?

No es mío ya su amor, que a otra prefiere;
sus caricias son frías como el hielo.
Es mentira su fe, finge desvelo...
Mas no me engañará con su ficción. . .
¡Y amarle pude delirante, loca!
¡No! mí altivez no sufre su maltrato;
y si a olvidar no alcanzas al ingrato
¡te arrancaré del pecho, corazón!

Dolores Veintimilla

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