martes, 31 de marzo de 2020


 Un Lector Indiscreto: Carne de Carnaval, de David Monthiel.
David Montiel (Cádiz, 1976)

Miembro del colectivo “La palabra Itinerante”, diplomado en Magisterio de Educación Musical, articulista y poeta.
Entre sus obras, “Libro de la servidumbre”, “Las cenizas de Salvochea”, “Renta básica de olvido” y “Yuri Gagarin que estás en los cielos.”

Los que se alcantarillan cuando las ratas vencen

Aquellos que gritan a por ellos
desde su casa.
Los que te señalan desde  su mazmorra
de platino.
Aquellos que no oyen la sintonía
de angustia en cada multitud.

Los que creen que el hambriento
sólo pide pan.
Aquellos que eligen su mordaza
amparados en el no tengo nada que decir
y en los hijos de violencia legal o salvaje.
Los que nos anudan corbatas como nudos corredizos,
Aquellos que al restallar del látigo
se convierten en barrotes de nuestra jaula.
Los que no ven más allá del fin de la Historia
ni del fin de semana. Aquellos que malversan
bien roban y mejor viven.
Son los que exigirán que caiga sobre nosotros
el estruendo diario de la muerte
que se pasea en silencio por los despachos,
las celdas y las aulas.
Son los que desean barrer nuestras cenizas
bajo la alfombra roja de los palacios.

David Montiel

 BARRER DEBAJO DE LA ALFOMBRA | 365 Palabras con una Idea

Facilis descensus averno II

Cada noche
como ebrio bailarín encerrado
en una caja de música
giro y giro.
Cada noche
se abre el ataúd de bolsillo
y hiende esta canción triste
con sus cadencias de sombra.
Y danzo
danzo aturdido
como ebrio bailarín encerrado
en una caja de triste música
que sólo abren los malditos
para verme girar
para verme girar
y girar conmigo.

David Montiel

Caja de música y joyero musical Reuge con muñecas bailadoras y ...

miércoles, 25 de marzo de 2020

Asunción Delgado (Ceclavín, Cáceres, 1919 – Badajoz, 2007)

Escritora y poeta.
Entre sus obras, “Agua de abril”, “Castillo rojo”, El viñador del alba” y “Sonatas a Extremadura”.

El viñador del alba

El viñador del alba,
vendimiador del cielo,
exprime sobre el mundo
racimos de luceros.

En las negras artesas
pisa pulpas de sueños
y trasiegan rocío
las copas de los cedros.
Y el mosto se derrama.
Los pájaros, sedientos,
-¡alegría, alegría!
 gritan en los aleros.

Se va entreabriendo el día
como un capullo inmenso
y el sol pega aldabadas
de luz en mi cerebro:

-¡Despierta, Segismundo,
que es mentira tu reino!


Asunción Delgado

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viernes, 20 de marzo de 2020


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Ángel Guinda (Zaragoza, 1948)



Profesor de Lengua y Literatura Española, traductor, editor, escritor y poeta.


Entre sus obras, ‘La llegada del mal’, ‘Biografía de la muerte’, ‘Claro interior’, 'Materia del amor’ y ‘El peligro de vivir de nuevo'.



Un hombre feliz

Fue feliz compartiendo
los cantos y las risas,
la pobreza, el dolor.
Retozando en la escarcha,
comiendo y bien bebiendo.
Alegre a pleno sol,
solo en el descampado
o entre la muchedumbre.
Fue feliz de estar vivo
y afrontar las desgracias
ajenas como propias,
sereno o agitado;
liviano haciendo el muerto
sobre la piel del mar.
Fue feliz desterrado
de la realidad.
Feliz bajo la noche
coronada de lámparas,
en batallas de amor
que hacen temblar las sábanas.
Fue feliz derribando
murallones de lágrimas,
hablando con los astros,
escuchando a la muerte.
No descarta
ser feliz bajo tierra
mientras sigue la vida.

domingo, 15 de marzo de 2020


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Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – 1950)

Licenciado en Letras, traductor, editor, novelista y poeta.
De carácter depresivo, se quitó la vida, tomando barbitúricos en gran cantidad.

Entre sus obras, “Trabajar cansa”, “El oficio de poeta”, “El oficio de vivir”, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” y ”La luna y la fogata.”


El paraíso sobre los tejados

Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
 en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará le ventana para vestir cada cosa 
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Serán los recuerdos como gusanos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer dormía en los ojos apagados.

Cesare Pavese

Versión  de Carles José i Solsora

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Sueño

¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.

Era un juego liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?

Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.
                                               Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó de la nada, aquél alba?

Cesare Pavese

Versión de Carles José i Solsora

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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo- Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
 Mudos, descenderemos en el remolino.

Cesare Pavese

Versión de Carles José i Solsora

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lunes, 9 de marzo de 2020


Madrigal

Dijo el Amor, sentado a las orillas
de un arroyuelo puro, manso y lento:
"Silencio, florecillas,
no retocéis con el lascivo viento;
que duerme Galatea, y si despierta,
tened por cosa cierta
que no habéis de ser flores
en viendo sus colores,
ni yo de hoy más Amor, si ella me mira".
¡Tan dulces flechas de sus ojos tira!
Feliciana Enriquez de Guzmá
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miércoles, 4 de marzo de 2020


La amistad

Un joven dijo: Háblanos de la Amistad.
Y él respondió:
Vuestro amigo es la respuesta a vuestras necesidades.
Él es el campo que plantáis con amor y cosecháis con agradecimiento.
Y él es vuestra mesa y vuestro hogar.
Porque vosotros, vais hacia él con vuestro hambre y lo buscáis con sed de paz.
Cuando vuestro amigo os hable francamente, no temáis vuestro propio "no", ni detengáis el "sí".
Y cuando él esté callado, que no cese vuestro corazón de oír su corazón; porque, sin palabras, en amistad, todos los pensamientos, todos los deseos, todas las esperanzas nacen y se comparten en espontánea alegría.
Cuando os separéis de un amigo, no sufráis; porque lo que más amáis en él se aclarará en su ausencia, como la montaña es más clara desde el llano para el montañés.
Y no permitáis más propósito en la amistad que el ahondamiento del espíritu.
Porque el amor que no busca más que la aclaración de su propio misterio, no es amor sino una red lanzada; y solamente lo inútil es cogido.
Y haced que lo mejor de vosotros sea para vuestro amigo. Si él ha de conocer el menguante de vuestra marea, que conozca también su creciente.
Porque ¿qué amigo es el que buscaréis para matar las horas?
Buscadlo siempre para vivir las horas.
Porque él está para llenar vuestra necesidad, no vuestro vacío.
Y en la dulzura de la amistad, dejad que haya risas y placeres compartidos.
Porque en el rocío de las cosas pequeñas el corazón encuentra su mañana y se refresca.

Ahlil Gibran

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jueves, 27 de febrero de 2020


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 Olga Orozco (Toay, La Pampa, Argentina, 1920 – Buenos Aires,1999)

Periodista, poeta perteneciente a la llamada “Tercera Vanguardia”.
Entre sus premios, el “Primer Premio Municipal de Poesía”, el “Premio Nacional de Poesía”, el “Premio Gabriela Mistral” y el “Premio de Literatura Latinoamericana Juan Rulfo”.

Entre sus obras, “Las muertes”, “Los juegos peligrosos”, “Cantos a Bernice”, “Desde lejos” y “Con esta boca en este mundo”.


La abuela

Ella mira pasar desde la lejanía las vanas estaciones,
el ademán ligero con que idénticos días se despiden
dejando sólo el eco, el rumor de otros días apagados
bajo la gran marea de su corazón.
De todos los que amaron ciertas edades suyas, ciertos gestos,
las mismas poblaciones con olor a leyenda,
no quedan más que nombres a los que a veces vuelven como a un sueño
cuando ella interroga con sus manos al apacible polvo de las cosas
que antaño recobrara de un larguísimo olvido.
Sí. Ese siempre tan lejos como nunca,
esa memoria apenas alcanzada, en un último esfuerzo,
por la cumbre de la piel o por la enorme sabiduría de la sangre.
Ella recorre aún la sombra de su vida,
el afán de otro tiempo, la imposible desdicha soportada;
y regresa otra vez
otra vez todavía, desde el fondo de las profundas ruinas,
a su tierna paciencia, al cuerpo insostenible, a su vejez,
igual que a un aposento donde sólo resuenan las pisadas de los antiguos huéspedes
que aguardan, en la noche, el último llamado de la tierra entreabierta.
Ella nos mira ya desde la verdadera realidad de su rostro.

Olga Orozco

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Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.


Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en el último instante fulmíneo como un rayo,
no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

Olga Orozco

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