martes, 14 de febrero de 2012


No me nueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muévete el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera,
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Anónimo

Este soneto se ha atribuido a Santa Teresa, a San Francisco Javier, a San Ignacio de Loyola…En ningún caso con fundamento y sigue considerándose como anónimo.
Prácticamente es conocido por todos los españoles, pues es un poema donde predomina lo afectivo y el pueblo español es muy receptivo a este tipo de religiosidad “afectiva”.
El tema es muy repetido en esa época. Es el amor desinteresado hacia Dios en correspondencia al infinito amor al hombre.
El autor lo plantea en forma de diálogo directo con Cristo. Es una plegaria. La esencia de la plegaria es la repetición. Repite como recurso el “muéveme”, el “querer”, el “esperar”… Este recurso se llama ANÁFORA.

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